El arte de bendecir constituye una de las prácticas espirituales
más antiguas y más universales del género
humano, tanto en el tiempo como en el espacio.
Que una forma
de comportamiento como la bendición esté tan universalmente
extendida en casi todas las culturas desde la noche de los tiempos,
subraya algo muy importante: el despertar de la humanidad a una
realidad básica para su misma supervivencia; realidad que
podríamos denominar ley de la atracción del bien.
En su redefinición
de conceptos espirituales básicos, Jesús incluye
una noción radicalmente nueva de la bendición, que
proporciona una visión original y llena de frescura de
lo que significa realmente el arte de bendecir. Para Jesús,
ser bendecido es el resultado de vivir la vida de acuerdo con
las leyes fundamentales del universo, como se deduce claramente
de las Bienaventuranzas. Por ejemplo, se nos dice en ellas que
los que tienen un corazón limpio verán por todas
partes el reflejo de Dios. Que los que tienen esclarecido su espíritu
y se niegan a sutiles alambicamientos y a intelectualizar las
verdades espirituales (todo esto se incluye en la noción
de “pobres de espíritu”) tendrán el
corazón lleno de amor incondicional (que es lo que implica
la noción de “Reino de Dios”).
Subrayó
además que muchas bendiciones y beneficios vendrían
sobre los que irradiasen la bondad, y que “heredarán
la tierra”. En otras palabras: en última instancia,
la verdadera bondad acaba siempre triunfando sobre el odio, sobre
la oscuridad y sobre la violencia, no porque exista una virtud
moral especial de hacer el bien, de ser bueno, sino porque el
amor incondicional, que se expresa bajo la forma de la bondad,
constituye la estructura última de la realidad y del universo.
El hecho de
bendecir activa ciertas leyes espirituales fundamentales que dirigen
el universo y las relaciones humanas. Esas leyes parecen tan rigurosas
como las del mundo físico, aunque también resultan
más difíciles de demostrar. Por eso, al arte de
bendecir no lo constituyen simplemente una serie de hermosas palabras
ni unos cuantos pensamientos positivos. Cuando se comprenden y
aplican conscientemente las leyes que lo sustentan, este arte
puede convertirse en un instrumento poderoso de cambio para el
bien, en un medio de sanación. Y por eso mismo lo podemos
experimentar todos, cada hombre y cada mujer.
Al despertar,
bendigan su jornada, porque desborda ya de una abundancia de bienes
que sus bendiciones harán aparecer. Porque bendecir significa
reconocer el bien infinito que forma parte integrante de la trama
misma del universo. Ese bien lo único que espera es una
señal nuestra para poder manifestarse.
“Sólo
amanece el día para el que estamos bien dispuestos”,
escribía el autor americano Henry David Thoreau. Parafraseándole,
podríamos decir: por la calidad de nuestras expectativas,
de nuestro estado de alerta, nosotros mismos escogemos el tipo
de jornada que amanece en nuestras vidas. Esperar el bien nos
abre a recibirlo.
Una de las
expresiones más breves y potentes de esta ley – que
raras veces se ha comprendido como una descripción de esta
ley de las expectativas positivas – es la declaración
de Jesús: “Cualquier cosa que pidáis en vuestra
oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis”
(Marcos 11,24). La oración se describe aquí como
la activación del principio universal del bien infinito,
que depende, para manifestarse, de la integridad de nuestros motivos
y de una comprensión inteligente de la misma ley.
"BENDITOS
LOS QUE BENDICEN" |
En otros términos,
y a pesar de todas las apariencias materiales que gritan lo contrario,
el bien es siempre omnipresente. A medida que aprendemos a abrir
nuestra conciencia, el bien se manifiesta en nuestra vida cada
vez más. El universo es un lugar donde existe un abundancia
infinita para todos y en todo momento – aunque esa abundancia
sea muchas veces de naturaleza no material -, con tal de que sigamos
las leyes que nos permiten tener acceso a ella. De este modo,
la ley representa, paradójicamente, la cima de la libertad,
ya que su significado es enseñarnos a vivir según
las reglas fundamentales que gobiernan el universo; y la más
importante de ellas, en la perspectiva de este libro, es la ley
del amor incondicional.
Al cruzar
con la gente por la calle, en el autobús, en tu lugar de
trabajo, bendice a todos. La paz de tu bendición será
la compañera de su camino, y el aura de su discreto perfume
será una luz en su itinerario. Bendice a los que encuentres,
derrama la bendición sobre su salud, su trabajo, su alegría,
su relación con Dios, con ellos mismos y con los demás.
Bendícelos en sus bienes y en sus recursos. Bendícelos
de todas las formas imaginables, porque esas bendiciones no sólo
esparcen las semillas de la curación, sino que algún
día brotarán como otras tantas flores de gozo en
los espacios áridos de tu propia vida.