En la Doctrina Secreta de H.P.B. se señala que el Universo es el Macrocosmos; mientras que el Átomo es el Microcosmos. Por otra parte, la Ley de Correspondencia de Hermes Trismegisto indica que “como es arriba es abajo y como es abajo es arriba”. Conociendo algo de abajo, es decir, del microcosmos, podemos aplicar el principio y saber cómo son las cosas arriba (macrocosmos). Por ejemplo, conociendo el átomo (microcosmos) podemos saber cómo es el sistema solar.
Matemáticamente, esta Ley se puede expresar a través del Axioma de Simetría que señala:
Si A es igual a B entonces B es igual a A
Lo cual subraya que el macrocosmos es simétrico al microcosmos, pero simétrico ¿respecto a qué? Sin lugar a dudas, ese eje de simetría es el ser humano, que comparado con el Logos toma la forma del microcosmos, pero equiparado con los tres reinos inferiores de la naturaleza se convierte en el macrocosmos.
Por mucho tiempo se mantuvo esta correspondencia y aún continúa entre el Macrocosmos, representado por el Universo, y el Microcosmos expresado por el Átomo. Recordemos que, este último término es una idea griega que significa indivisible y, por lo tanto, elemental; pero este concepto desapareció hace décadas atrás con el descubrimiento del electrón.
También la falsa imagen del átomo planetario de Bohr, es decir, un núcleo central alrededor del cual giran los electrones, hoy en día es obsoleta. La moderna física del siglo XXI, denominada física cuántica, concibe al átomo como un núcleo rodeado de una nube electrónica, donde nadie puede saber dónde se encuentran los electrones ni cuál puede ser su posible trayectoria. Sólo es posible conocer, a través de la mecánica matricial y la mecánica ondulatoria, que la probabilidad de encontrarlos es proporcional a la densidad de dicha nube.
Aquí cabe hacerse algunas preguntas: si la concepción del microcosmos sufrió cambios profundos, ¿será posible –cumpliendo la ley hermética- que la idea del macrocosmos representado por el Sistema Solar permanezca inalterable? ¿Será real la realidad del cosmos que observamos a simple vista y con instrumentos ópticos o de radioastronomía?
Antes de dar respuesta a estas interesantes preguntas, nos internemos en el universo infinitesimal. Con el descubrimiento de la física cuántica, el átomo dejó de tener la importancia que mantuvo hasta los albores del siglo XX. A comienzos de ese siglo, el microcosmos abrió paso a una nueva dimensión espacial, que ya no puede ser ignorada por los estudios científicos y esotéricos. Se trata nada menos que del “NANOCOSMOS” , cuyos resultados se plasman a través del desarrollo de la nanotecnología.
Para muchos científicos fue duro admitir que el mundo no era determinista y, entre ellos se encontraba Albert Einstein, quién dijo al respecto: “La mecánica cuántica es imponente, pero una voz interior me dice que no es lo real. La teoría dice mucho, pero no nos acerca verdaderamente al secreto del Viejo. Yo, al menos, estoy convencido de que Él (Dios) no juega a los dados”.
Actualmente la mecánica cuántica ya no es pura teoría, pues uno de esos juegos de dados es la desintegración radiactiva, comprobada con las dos bombas atómicas que fueron lanzadas durante la segunda guerra mundial. Pero, ¿qué tiene de fascinante este reino de lo más pequeño? Como dicen muchos eruditos, el universo cuántico es un mundo de locos, donde la realidad quizá sólo existe cuando se la mira y, ¿antes o después qué?...
A comienzos del siglo XX, Max Planck dio el primer paso hacia este maravilloso universo. Con la aparición de la teoría cuántica se iniciaba un formidable viaje hacia los límites de la materia, pero más que límites de la misma, hacia los límites de la nanotecnología de observación. Ya Einstein demostró que la luz era de naturaleza dual: la corpuscular -por un lado- como perdigones lanzados por una escopeta y la ondulatoria como las ondas que se crean cuando arrojamos una piedra en una fuente de agua tranquila.
Brevemente y sólo con fines informativos, veamos la evolución que sufrió la física atómica clásica hasta llevar a la física cuántica:
A comienzos de la década de los años 20, Clinton Joseph Davisson, bombardeó cristales de níquel con electrones, observando el esparcimiento de estos últimos sobre el cristal.
Posteriormente, De Broglie propuso que los electrones tenían una naturaleza ondulatoria.
En 1925, Werner Heisenberg creó la mecánica matricial para refutar el átomo de Bohr. Al enunciar el “Principio de Incertidumbre” , dio lugar al indeterminismo cuántico.
Con la formulación matemática de las ondas de De Broglie por parte de Edwin Schrödinger, nacía la mecánica ondulatoria.
Max Born demostró que la formulación matemática era un artilugio para calcular la probabilidad de encontrar un electrón en una región del espacio.
Finalmente, Paul A. M. Dirac señaló que, Heisenberg y Schrödinger estaban en lo correcto, pues sus dos enunciaciones eran equivalentes, dando origen a la mecánica cuántica o física cuántica que ahora cuestiona incluso la realidad de la materia; realmente muchos físicos están convenidos que Dios sí juega a los dados y este universo es un universo de probabilidades.
Imagínense a un equipo de locos cuestionando la realidad misma de la materia, esa realidad observable u objetiva que se encuentra ahí fuera, concebida como simple ilusión y, por tanto, dejando de existir. Este cuestionamiento afirma que no vemos la cosas en sí mismas, sino simplemente aspectos de lo que son.
Ahora entendamos los términos macrocosmos, microcosmos y nanocosmos desde el punto de vista físico. Si tomamos como referencia al ser humano como representante de la unidad, entonces el macrocosmos delimitado solamente a nuestro Sistema Solar es diez elevado a la seis veces (10 seguido de seis ceros) más grande que el hombre; mientras que, el microcosmos representado por el átomo es diez elevado a la seis veces más pequeño que nuestro punto de referencia, es decir, diez elevado a la menos seis (10 precedido por seis ceros después del punto decimal) de pequeño. Pero el nanocosmos es más pequeño aún, cuyas partículas tienen un tamaño de diez elevado a la menos nueve o más veces comparadas con el hombre. Interesante, ¿verdad? Continuará en el siguiente Faro…
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“La tierra santa de la cual brota leche y miel está dentro de nosotros, pero también lo está la selva que tenemos que atravesar para alcanzarla”. - Paul Brunton
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