“SINCRONICIDAD: UN PUENTE ENTRE MENTE Y MATERIA"

Juan Angel Moliterni
claridad@argentina.com


Definición de Sincronicidad
: Una coincidencia significativa, patrones de la causalidad relacionados significativamente.

Cada uno de nosotros se enfrenta con un misterio. Nacemos en este universo, crecemos, trabajamos, jugamos, nos enamoramos y, al final de nuestras vidas, afrontamos la muerte. Pero en medio de toda esta actividad, se nos presentan constantemente una serie de preguntas abrumadoras: ¿cuál es la naturaleza del universo y cuál es nuestra posición en él? ¿Qué significa el universo? ¿Cuál es su propósito? ¿Quiénes somos y cuál es el significado de nuestras vidas?

La ciencia intenta proporcionar respuestas a estas preguntas, porque siempre ha sido competencia del científico el descubrir cómo está constituido el universo, cómo se creó la materia originalmente, y cómo empezó la vida. Las teorías sobre el mundo natural pueden ser especialmente eficaces en sus capacidades proféticas y hermosas en su estructuración abstracta interna. No obstante, las teorías científicas nunca pueden cobrar vida por su cuenta, sino que deben mantener siempre su calidad de tales, es decir, lo que son -teorías, relatos objetivos del mundo que se deben evaluar confrontados con el conocimiento próximo que nos brinda nuestra experiencia personal y esos raros instantes de penetración ( insight ) que sugieren una realidad más profunda que está más allá del mundo de las apariencias.

La ciencia puede haber descubierto la estructura interna del átomo, estudiado la geometría de la molécula de ADN, y explorado los misterios de los agujeros negros, pero, ¿cómo podría interpretar la experiencia de T. E. Lawrence al viajar por el desierto una mañana temprano?

Nos pusimos en camino una de esas madrugadas despejadas en que el sol despierta los sentidos. Durante alrededor de una hora, en esa mañana, los sonidos, olores y colores del mundo impresionaron individual y directamente al hombre, sin ser filtrados o tipificados por el pensamiento ”.

  ¿Y se pueden aclarar los recuerdos de la infancia de Wordsworth?

Hubo un tiempo en que el prado, la arboleda y el arroyo
La tierra y cada visión común,
Me parecían estar
Ataviados de luz celestial,
De gloria y de la frescura de un sueño.

Por un lado tenemos la inmediatez y el sabor de nuestras vidas, de la poesía, la música, el arte y el misticismo, y por otro, los descubrimientos y explicaciones objetivos de la ciencia. Por una parte existe la emoción, la belleza y la maravilla, y por otra, la posibilidad de que la conciencia sea un epifenómeno de determinadas reacciones electroquímicas complejas, de que la vida sea el producto de procesos moleculares fortuitos y que el universo sea un accidente.

  Parece, por lo tanto, que hay un vacío que no se puede llenar entre los planteamientos objetivos y subjetivos de la cuestión del universo y nuestro rol en él. Es como si, a primera vista, no existiese ningún modo de sazonar las teorías de la ciencia con el sabor de la experiencia humana, o de transformar una penetración ( insight ) poética en el rigor de la objetividad científica.  Simplemente parece que estos dos mundos estén demasiado alejados el uno del otro. No obstante, se propone en este artículo que se puede construir efectivamente un puente entre los mundos interior y exterior y que la sincronicidad nos proporciona un punto de partida, dado que representa un pequeño defecto en la estructura de todo lo que hasta ahora hemos considerado como la realidad.

  Las sincronicidades nos ofrecen la posibilidad de ver más allá de nuestros conceptos convencionales del tiempo y la causalidad, de los patrones inmensos de la naturaleza, de la danza fundamental que conecta todas las cosas y del espejo que está suspendido entre los universos interior y exterior. Con la sincronicidad como punto de partida, es posible empezar la construcción de un puente que atraviese los mundos de la mente y de la materia, de la física y de la psique.

Las realidades de la naturaleza

Considerar el mundo en términos de patrones e interconexiones de sucesos individuales no les habría parecido extraño a los habitantes de la Edad Media ni a los de la China antigua. El tapiz de Bayeux, que muestra la conquista normanda de Inglaterra en 1866, anuncia esta invasión dramática con la aparición de un cometa nuevo en el cielo. Y de este modo, la coronación de reyes, inicios de guerra o epidemias y el nacimiento de hombres famosos siempre iban acompañados de variados presagios naturales. Según esta visión del mundo, existen afinidades entre cosas y comprensiones aparentemente distintas, que actúan entre el cuerpo, el alma y el mundo exterior.

  En efecto, se consideraba que la naturaleza era un solo organismo gigantesco en que cada persona tenía su propio lugar. El convertirse en una parte de esta armonía del universo era la clave para la acción correcta y engendraba una forma de conocimiento que nunca estaba separada de los valores y creencias subjetivos. Con el desarrollo de la ciencia, sin embargo, se descubrió que el universo se podía describir de otras maneras. La materia celestial y la terrenal ya no eran de órdenes distintos, dado que ambas se podían explicar bajo la ley newtoniana de la gravitación universal. En lugar de las afinidades y comprensiones misteriosas estaba el concepto científico de la fuerza que se podía cuantificar con precisión y relacionar matemáticamente con cambios de movimiento. La anatomía y una comprensión de la circulación de la sangre sustituyeron a los humores y correspondencias astrológicas y finalmente condujeron a penetraciones ( insights ) médicas como la teoría bacteriológica de la enfermedad, la vacunación y una hueste de medicamentos modernos. La ciencia, ayudada por la matemática, fue capaz de describir el universo en términos cuantitativos que tuvieron un poder profético impresionante. Utilizando el planteamiento científico, se podía aislar y analizar cualquier fenómeno bajo condiciones repetibles hasta que, incluso los procesos más complejos fueron reducidos a una colección de unidades elementales conocidas que actuaban de un modo previsible como consecuencia de las fuerzas entre ellas.

  En su punto culminante, hacia finales del siglo XIX, la mecánica newtoniana se había convertido en modelo para todas las demás ciencias, y el gran Lord Kelvin, dirigiéndose a la Sociedad Real de Inglaterra, mantenía que la física estaba llegando a su fin, un fin en el que todo fenómeno se podría explicar en términos de un puñado de leyes físicas, reduciendo, en principio, los campos más complejos de la biología y la química, a la certidumbre de la física. Para Lord Kelvin, el universo se había transformado de un organismo vivo en algo que era mucho más parecido a una máquina, una máquina de enorme ingenio en cuanto a su construcción y funcionamiento, pero que no obstante, era mecánica, dado que su comportamiento se podía reducir al funcionamiento de partes que se movían, cada una obedeciendo unas cuantas leyes básicas. Dentro de dicha máquina, sin embargo, hay poco lugar para los valores y el significado o para los hechos interiores de la experiencia y la revelación. E incluso la naturaleza humana aparentemente se podía reducir al funcionamiento de los instintos y las represiones que, alternativamente, tuvieron sus orígenes en corrientes de energía que eran consecuencia de reacciones electroquímicas del sistema nervioso.

  La teoría cuántica y la relatividad produjeron un efecto revolucionario sobre este planteamiento newtoniano, no sólo en la transformación del formalismo de la física sino también en el cambio de la visión del mundo que se relacionaba con él. Neils Bohr, por ejemplo, recalcó que la teoría cuántica había revelado la indivisibilidad esencial de la naturaleza mientras que el principio de la incertidumbre de Heisenberg indicaba el punto hasta el que un observador interviene en el sistema que observa. Un físico contemporáneo, John Wheeler, ha expresado este nuevo planteamiento en términos particularmente gráficos:

  "Teníamos una antigua idea de que había un universo allí fuera, y aquí está el hombre, el observador, protegido seguramente del universo por una plancha de vidrio cilíndrica de seis pulgadas. Ahora aprendemos del mundo cuántico que, incluso para observar un objeto tan minúsculo como un electrón, tenemos que romper ese vidrio cilíndrico; tenemos que llegar hasta adentro... De modo que la antigua palabra observador simplemente tiene que ser eliminada de los libros, y debemos sustituirla con la nueva palabra participante. De este modo hemos llegado a darnos cuenta de que el universo es un universo de participación ”.

  Este universo de participación de Bohr y Heisenberg, esta relatividad del espacio y del tiempo, esta interconexión de las cosas, señala una visión del mundo muy distinta a la del mecanismo newtoniano. Pero a pesar de las revoluciones importantes que han ocurrido en la física, los antiguos modos de pensar siguen dominando nuestra relación con la naturaleza. Creemos que el tiempo es exterior a nuestras vidas y que nos lleva en su corriente; la causalidad gobierna las acciones de la naturaleza con su mano de hierro y nuestra «realidad de consenso» está limitada a la superficie de las cosas y se parece más al funcionamiento vinculado a las reglas de un máquina que a la adaptabilidad sutil de un organismo. Incluso los científicos mismos, que aceptan el formalismo y la matemática de lo que se ha llamado la «nueva física», conservan muchas de las actitudes de la ciencia del siglo XIX. La mayoría de ellos creen, por ejemplo, en alguna forma de realidad objetiva que es externa e independiente a ellos. Ellos buscan partículas fundamentales y entidades elementales de las que se supone que está construida toda la naturaleza. Creen que los campos más complejos de la química y la biología le pueden reducir, en principio, a las leyes de la física, y consideran que la conciencia es un epifenómeno del cerebro físico. Paradójicamente, los científicos todavía no han alcanzado las implicaciones más profundas de su propio sujeto.

  La visión del mundo que todos hemos heredado de una física anticuada todavía ejerce un profundo efecto sobre toda nuestra vida; penetra en nuestras actitudes hacia la sociedad, el gobierno y las relaciones humanas, y sugiere que cada situación adversa se puede analizar como un «problema» aislado con una solución o método de control correspondiente. Es por tales razones que la sincronicidad puede ejercer un efecto tan profundo sobre nosotros, puesto que va más allá de nuestras defensas intelectuales y rompe nuestra fe en el carácter tangible de las superficies y en los órdenes lineales del tiempo y de la naturaleza. (Continuará)

 Esperamos que este material pueda ser de utilidad en el camino espiritual de los seres humanos hacia la Síntesis. Ediciones CLARIDAD es una editorial al servicio de la Humanidad. Ha sido creada para transmitir la Sabiduría Eterna de una manera actualizada y comprensible para el hombre contemporáneo e iluminar nuevos campos de acción para la Nueva Tierra.

(Dorita Alvarez, Estados Unidos)

 

 

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