Cedric Rodrick tenía 8 años cuando la aldea se volcó en contra de él. Después que su padre murió en un accidente, un tío los denunció a él y a su hermano como ‘hechiceros'.
Concurrió un predicador charlatán, ofreciendo exorcizar a los malos espíritus. Comenzó una pesadilla que duró cinco años.
“Los aldeanos nos persiguieron, nos golpearon con palos y nos apedrearon. Nos gritaban todo el tiempo ‘brujo, brujo' y dijeron que tenían que golpearnos hasta sacarnos los espíritus malignos, dijo al The Times. “Yo sabía que no era un brujo. Sólo lo hicieron porque no querían cuidarnos.”
Cedric y su hermano lograron contactarse con una hermana de su madre, quien había muerto muchos años antes, en una aldea vecina. Resultó ser peor y los entregó al pastor para que los exorcice.
“El pastor dijo que éramos responsables de la muerte de nuestro padre y que debíamos ser limpiados. Nos hacía dormir afuera y no nos daba alimentos por varios días a la vez. Entonces, él y mi tía nos pegaban. Decían que debían hacer salir a los espíritus. Pero era doloroso. Quería huir y nunca más regresar” afirmó.
Eventualmente Cedric escapó. Perdió a su hermano en el camino, pero se unió a otros. Formaron una pandilla y vagaban por los mercados callejeros de Kinshasa durante el día, buscando desperdicios para comer. En la noche dormían en callejones mal olientes. UNICEF estima que existen 25 mil niños abandonados solo en Kinshasa, y más de 40 mil en todo el país. Más del 70 por ciento han sido acusados de hechicería. En lugares tales como Mbuji-Mayi, el centro principal de diamantes, son usados para cavar en minas informales, y luego matados en riñas por demandas de pago.
Cedric, ahora de 14, vive en un refugio para niños. Aparentemente parece un adolescente común y corriente, pero su cara se oscurece y su voz cambia a un susurro cuando recuerda los días que vivía en la calle.
“Lo encontré en un mercado, comiendo desperdicios,” dice Baybay Ange, la jueza que construyó el centro en Julio del 2000 y ahora ofrece un hogar para unos 25 niños, que fluctúan entre los 6 hasta los 14 años. “Yo lo traje aquí.”
Mientras hablaba sobre el centro – una casa con techo de calamina que consiste en pequeñas habitaciones abarrotadas con literas – un pequeño niño de 6 años cruzó la habitación cojeando. “Él era una carga para su madre, quien va y viene vendiendo mercancía. El niño la detenía y ella necesitaba una excusa para librarse de él, así que dijo que estaba poseído y que por eso cojea. Lo encontré sólo hace unas pocas semanas atrás – los niños comentan sobre los recién llegados,” dice la señora Ange.
La República Democrática del Congo ha sido testigo de una enorme resurgencia de acusaciones de hechicería y brujería desde la guerra civil de los años 1990, que destruyó lo poco que quedó después de años de dictadura y de corrupción. El cleptómano dictador Mobutu Sese Seko y sus compinches, ayudaron a extranjeros ambiciosos y robaron la enorme riqueza de minerales del país y se hicieron cargo de todas las instituciones del gobierno. Las comunidades rurales, a pesar de su agudísima pobreza, sobrevivieron gracias a los antiquísimos métodos tradicionales, incluyendo una extendida red de trabajo familiar.
Pero al final, esto fue destruido por el conflicto y comunidades enteras fueron desplazadas. Hubo violaciones en masa, masacres y niños soldados estaban a la orden del día.
El pastor Michel Kaby, que dirige una organización que sirve para oponerse al fenómeno de la hechicería, dice que la guerra civil, en la cual más de 3 millones fueron muertos – siendo el conflicto mundial más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial – destruyó la base social de la sociedad. “La gente está buscando un pretexto para no cumplir con sus obligaciones tradicionales. Están todos demasiado pobres y desesperados y los atemoriza tener que cuidar a los niños también. Acusándolos de hechicería tienen una fácil salida,” dice él.
La hechicería, muy relacionada con el vudú, siempre existió en el Congo, a pesar que en la década pasada se ha vuelto más popular, y es un vehículo fácil para culpar los infortunios.