DEEPAK CHOPRA HABLA SOBRE LA EDUCACIÓN

“…lo que un niño necesita saber no es más que una versión modificada de aquello que también los adultos necesitan saber.

La fascinación por el éxito material ha impedido a la sociedad reconocer una verdad profunda: que el éxito depende de lo que la persona es, no de lo que hace . El Ser, o la esencia, o el espíritu – llámese como quiera – es la fuente de todas las realizaciones de la vida. Pero el concepto de Ser es algo muy abstracto y por esa razón las personas lo perciben más como una idea que como algo real y útil. Sin embargo, si examinamos las tradiciones más antiguas de la sabiduría humana, encontramos ciertos principios inamovibles, claros y confiables, que nos enseñan que el espíritu se desarrolla a partir del Ser eterno para manifestarse en la vida cotidiana.

Ahora, más que nunca, en esta era de violencia y confusión, los padres tienen la necesidad urgente de asumir la función de maestros espirituales de sus hijos.

El anhelo más profundo del corazón de un padre es ver a su hijo triunfar en la vida. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros reconocemos que el camino más directo hacia el éxito es a través del espíritu? En nuestra sociedad generalmente no nos percatamos de esa conexión. Todo lo contrario: enseñamos a nuestros hijos a sobrevivir, a asumir ciertos comportamientos para obtener nuestra aprobación, a defenderse, a competir, a perseverar a pesar de las frustraciones, los obstáculos y los tropiezos. Aunque en general creer en Dios se considera una buena cosa, el espíritu siempre se ha mantenido separado del éxito en la vida cotidiana. Esto es un error que ha afectado profundamente a nuestra vida desde la infancia.

Muchas personas creen ciegamente que el éxito es material y puede medirse en términos de dinero, prestigio o abundancia de posesiones. No cabe duda de que todas esas cosas pueden ser importantes, pero poseerlas no es garantía del éxito. El éxito que deseamos para nuestros hijos debe incluir también muchas facetas que no son materiales, entre ellas la capacidad para amar y sentir compasión, la capacidad para sentir alegría y contagiarla a los demás, la seguridad de saber que la vida tiene un propósito y, por último, la sensación de estar conectados con el poder creador del universo. Todos estos aspectos constituyen la dimensión espiritual del éxito, la dimensión que produce satisfacción interior.

Si todos los días logramos ver el significado de la vida en forma de simplicidad y asombro, habremos alcanzado el éxito – lo cual significa, en el fondo, que cuando nace cada ser humano, ya posee el éxito. La capacidad que tienen los niños para asombrarse ante la existencia cotidiana es la prueba más certera de que la naturaleza desea que tengamos éxito. Está en nuestra propia naturaleza responderle a la vida con alegría. Las semillas de Dios están dentro de nosotros. Cuando emprendemos el viaje del espíritu, regamos con agua las semillas de la divinidad. Una vida buena no es más que el reflejo de nuestra intención interna. Con el tiempo, las flores de Dios florecen dentro de nosotros y a nuestro alrededor, y comenzamos a presencia y a reconocer el milagro de lo divino a donde quiera que vamos.

Por lo tanto, nuestra responsabilidad como padres es afianzar a nuestros hijos en el camino del espíritu. Es lo mejor que podemos hacer para garantizar su éxito en la vida, mucho mejor aun que darles dinero, una casa o incluso amor y afecto. Quisiera que reflexionáramos juntos acerca de esta noción espiritual de nuestro papel como padres, aunque parezca diferente de la noción convencional.

A fin de establecer conexión con el espíritu, es crucial conocer la ley espiritual. Cuando ponemos en práctica las leyes espirituales, entramos en armonía con la naturaleza. Cualquier otra forma de vida conlleva solamente esfuerzo y lucha, si bien el éxito alcanzado a expensas de una lucha puede traernos cosas buenas, jamás se traducirá en la realización interior…”

 

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