EL REGALO DE PERDÓN
(Cuento)

Jhon William Smith


En la Navidad de 1949, no teníamos un árbol. Mi padre tenía su orgullo, me imagino, y así que no quiso decir que no podía costear uno. Cuando lo mencioné, mi madre dijo que no tendríamos uno este año, pues no podíamos comprarlo, y aunque pudiésemos – era estúpido llenar la casa con un árbol muerto.

Yo quería un árbol con todo mi corazón, y pensé – ingenuamente – que si teníamos uno, todos se sentirían mejor.

Tomando los Asuntos en Mis Propias Manos

Unos tres días antes de Navidad, estaba cobrando lo que me debían de mi trabajo de repartidor de periódicos. Ya era bastante tarde – todo estaba oscuro – y estaba nevando y hacia mucho frío.

Fui al edificio de departamentos, procurando encontrarme con un cliente que no me había pagado por casi dos meses – ella me debía siete dólares. Me sorprendí encontrarla en su casa.

Me invitó a pasar, y no sólo me pagó, pero ¡me dio un dólar de propina! Me sentí muy rico – ahora tenía ocho dólares completos.

Lo que ocurrió después fue totalmente sin planear. Al regresar a casa, pasé por un puesto de ventas de árboles de Navidad, y se me ocurrió una idea.

No quedaban los mejores árboles, porque ya se habían vendido, pero había uno que me gustaba mucho. Había sido uno muy caro, pero nadie lo compró; y ahora, tan cerca de la Navidad , el vendedor temía que ya nadie lo haría.

Él quería diez dólares por él, pero cuando yo – en mi gran inocencia – le dije que sólo tenía ocho, dijo que quizás sería capaz de venderlo por esa suma. La verdad es que no hubiese querido gastar los ocho dólares completos en el árbol, pero era tan lindo, que finalmente lo compré.

Lo jalé todo el camino a casa – cerca de una milla, me parece – y traté de no dañarlo ni romper ninguna de sus ramas. La nieve ayudó a amortiguarlo, y estaba en muy buen estado cuando llegué a casa. No pueden imaginarse lo orgulloso y entusiasmado que estaba.

Lo apoyé contra la reja de nuestro porche delantero y entré. Mi corazón casi reventaba mientras anuncié que tenía una sorpresa. Hice que Mamá y Papá vayan a la puerta delantera y prendí la luz del porche.

¡Sorpresa!

“¿De dónde sacaste ese árbol?” exclamó mi mamá. Pero no era el tipo de exclamación que indique placer.

“Lo compré en la Calle Principal. ¿No les parece el árbol más perfecto que jamás hayan visto?” les dije, tratando de mantener mi entusiasmo.

“¿De dónde sacaste el dinero?” dijo con tono acusador, y comencé a comprender que esto no iba a resultar como había pensado.

“De mi trabajo de repartidor de periódicos.” A continuación expliqué sobre la clienta que me pagó.

“¿Y tú pagaste los ocho dólares por este árbol?” ella exclamó.

Comenzó con una diatriba de cuán estúpido era gastar mi dinero en un tonto árbol que en unos cuantos días debería ser tirado a la basura y quemado. Me dijo qué era un irresponsable, y que me parecía a papá con todas esas nociones tontas, románticas y nobles sobre cuentos de hadas y finales felices, y que era tiempo que crezca y aprenda sentido común sobre las realidades de la vida y cómo cuidar el dinero y gastarlo en cosas necesarias y no en tonteras. Agregó que teminaría en un hospicio para pobres porque creo en cosas estúpidas como árboles de Navidad, cosas que no valen nada.

Sólo Permanecí Allí

Mi madre jamás me había hablado así antes, y no podía creer lo que estaba oyendo. Me sentí terrible y comencé a llorar. Finalmente, estiró su brazo y apagó la luz del porche.

“Déjalo allí,” dijo, “Déjalo hasta que se pudra, para que cada vez que lo veamos, recordemos lo estúpidos que son los hombres de esta familia.”

Luego, subió las gradas hacia su dormitorio, y no la volvimos a ver hasta el día siguiente.

Papá y yo metimos el árbol y le hicimos un pedestal. Sacó una caja de adornos de Navidad y lo decoramos lo mejor que pudimos; pero los hombres no son tan buenos para esas cosas, y además, no era igual sin mamá.

Hubo unos cuantos regalos debajo del árbol el día de Navidad – a pesar que no puedo recordar ninguno – pero mamá no quiso tener nada que ver con todo eso. Fue la peor Navidad que he tenido.

Adelante Rápidamente, Hacia el Presente

Judy y yo nos casamos en Agosto de 1963, y papá murió el 10 de Octubre de ese año. Durante los siguientes ocho años, vivimos en muchos lugares. Mamá dividió el año – viviendo un tiempo con mi hermana y otro tiempo con nosotros.

En 1971, vivíamos en Wishita, Kansas – tenía un hijo de siete, otro de tres y la niña era un bebé. Mamá se quedó con nosotros para las Festividades. La Noche Buena permanecí sentado en la sala hasta muy tarde. Estaba sólo con mis pensamientos, alternando entre la alegría y la melancolía, y comencé a recordar mi ruta de distribuidor de periódicos, ese árbol, lo que me dijo mi madre, y cómo papá y yo tratamos de mejorar las cosas.

Escuché un ruido en la cocina y descubrí que era mamá. Tampoco podía dormir y se había levantado para hacerse una taza de te caliente – que era su remedio para todo. Mientras esperaba que hierva el agua, fue a la sala de estar y me encontró allí. Me vio con mi Biblia abierta y me preguntó qué estaba leyendo. Cuando le dije, me pidió que se lo lea, y así lo hice.

La Verdad Aparece

Cuando la caldera comenzó a silbar, fue a la cocina y se preparó su te. Regresó y comenzamos a charlar. Le dije cuán feliz estaba de que ella pase la Navidad con nosotros, y cuánto me hubiese gustado que papá viva aún para conocer a sus nietos y disfrutar este momento, porque él siempre había amaba la Navidad. Me quedé un rato en silencio, y entonces ella dijo, “¿Recuerdas esa vez cuando trajiste ese árbol con tu dinero de distribución de períodicos?”

“Si,” le dije, “justamente estaba pensando en eso ahora.”

Titubeó un buen rato, como si estuviese al borde de algo que estaba sofocándola profundamente dentro de su alma. Finalmente, comenzaron a rodar grandes lágrimas por su cara y sollozó, “Oh, hijo, por favor perdóname.”

“Esa vez y esa Navidad ha sido un gran peso en mi corazón durante 25 años. Cuánto quisiera que tu papá estuviera aquí, para decirle cuánto lo siento por lo que he dicho. Tu papá era un buen hombre y me duele pensar que se marchó a su tumba sin jamás haberle dicho cuánto lo he sentido esa noche. Nada va a mejorar lo que he dicho, pero tienes que saber que tu papá nunca ha tenido buena cabeza para el dinero (lo que era muy verdadero).

Siempre peleábamos por eso – aunque no frente a ustedes – debíamos dos meses de alquiler, no teníamos plata para los comestibles, tu papá hablaba de regresar a Arkansas, y ese árbol fue la gota que rebasó. Me desquité contigo. Eso no soluciona lo que te hice, pero esperaba que algún día, cuando fueras mayor, pudieras comprender. Quería decirte esto por mucho tiempo, y ahora estoy contenta de por fin haberlo hecho.”

Bueno, ambos lloramos un poco, nos abrazamos y yo la perdoné – a pesar que no me fue difícil. Luego, hablamos por un largo rato, y comprendí; vi lo que jamás vi antes, y la amargura y la pena que había retenido por mucho tiempo durante todos esos años, gradualmente se fue diluyendo. Fue maravillosamente sencillo.

Los grandes regalos en esta estación – o en cualquier estación – no pueden colocarse bajo el árbol; no se pueden usar, o comer, o manejar o jugar con ellos. Malgastamos tanto tiempo en regalos menores – juguetes, chalecos, joyas, mentas, anís y demás cosas de Navidad – y tan poco en los grandes regalos – comprensión, gracia, paz y perdón. Ni duda cabe que la Festividad nos deja vacíos, porque cuando termina, los únicos recordatorios que nos quedan son los platos sucios y las cuentas a pagar.

El Gran Regalo

Los Grandes Regalos son como ese regalo – el regalo que comenzó hace tiempo atrás, en Belén de Judea. No lo puedes comprar, y no está en la lista de compras de nadie. Llega como Él vino – silenciosamente, libremente, inesperadamente – y si no eres cuidadoso, lo perderás completamente.