En la segunda mitad de esta exposición voy a referir el cuento de Enyadatta, que procede del sutra Ryogon. Es una parábola extraordinariamente encantadora. Les aseguro que, si reflexionan cuidadosamente sobre ella, les esclarecerá muchos puntos bastante complicados del budismo.
Se dice que esto acaeció en tiempos del Buda. No puedo asegurar si es verdad o mera leyenda. En todo caso, Enyadatta era una hermosa doncella, que se complacía en observarse a sí misma en el espejo todas las mañanas. Una de ellas, al intentar mirarse vio que su cabeza no se reflejaba en el espejo. El sutra no explica a qué se debió aquello esa mañana particular. El caso es que se llevó un susto tan grande que se puso fuera de sí y empezó a correr por todas partes, preguntando quién le había arrebatado la cabeza.
-¿Quién tiene mi cabeza? ¿Dónde está mi cabeza? ¡Me voy a morir si no la encuentro! – exclamaba.
Todo el mundo le decía: -No seas tonta, tu cabeza está sobre tus hombros, como siempre. Pero ella se negaba a creerlo.
-No, no está. ¡No, no está! ¡Alguien ha debido quitármela! –gritaba, mientras continuaba en su búsqueda frenética.
Por fin, sus amigas, creyéndola loca, se la llevaron a rastras a su casa y la ataron a una columna para evitar que se hiciese daño.
El ser atada puede compararse a iniciar la práctica del zazen. Al inmovilizarse el cuerpo, la mente logra cierto grado de tranquilidad. Y, aunque siga todavía distraída, como lo estaba la mente de Enyadatta al creer que no tenía cabeza, se evita así que el cuerpo desperdicie sus energías.
Poco a poco sus amigas íntimas la fueron persuadiendo de que siempre había tenido cabeza, que no la había perdido nunca, y paulatinamente fue creyéndolo a medias. Su mente subconsciente empezó a aceptar el hecho de que acaso hubiese padecido un engaño al pensar que había perdido la cabeza.
Las seguridades que daban a Enyadatta sus amigas pueden compararse con los comentarios que hace el roshi (teisho ). Al principio son difíciles de entender, pero al escucharlos con atención y hundirse en el subconsciente cada una de sus palabras, se llega a un momento en que comienza a pensarse: -¿Será realmente verdad?...No estoy seguro…Sí, tiene que ser verdad.
De repente, una de sus amigas le dio un golpe tremendo en la cabeza, y al sentirlo, dolorida y asustada, Enyadatta exclamó: -¡Ay!
-Ésta es tu cabeza. ¡Ahí está! –le dijo su amiga, con lo que inmediatamente cayó en la cuenta Enyadatta de que había sido víctima de un engaño, al creer que la había perdido cuando en realidad siempre la había tenido.
Pues bien, también tiene un enorme valor el se golpeado en el zazen. Cuando se hace en el momento preciso, -si es demasiado pronto, no produce efecto-, el ser golpeado físicamente por el bastón, o verbalmente, por el propio maestro, puede contribuir a la autorrealización. Pero no sólo es valioso el golpe de kyosaku para espolear y estimular al individuo, sino que, cuando se ha llegado a una etapa decisiva en el zazen, un golpe duro puede precipitar el estado de conciencia de la mente respecto a su propia naturaleza verdadera, en otras palabras, la iluminación.
Cuando aconteció esto a Enyadatta, se entusiasmó tanto, que se puso a correr exclamando:
-¡Oh, la tengo! ¡Tengo cabeza, no cabe duda! ¡Qué feliz soy!
Éste es el arrobamiento transfigurado del kensho . Cuando la experiencia es genuina, no se puede dormir dos o tres noches de pura alegría. Sin embargo, es un estado de media locura, es decir, el individuo está como loco. En primer lugar, es muy extraño y peculiar, por no decir otra cosa, sentirse transido de alborozo por haber encontrado la cabeza que ha conservado uno todo el tiempo sobre los hombros. Pues bien, no es menos extraño igualmente volverse loco de júbilo al descubrir la propia naturaleza esencial, que se ha tenido siempre. El éxtasis es indudablemente genuino, pero no puede llamarse natural el estado de la mente mientras no se desprenda uno totalmente de la idea de “haber sido iluminado”. Grábense bien este punto, porque suele entenderse de manera equivocada.
Al ir remitiendo su embeleso, Enyadatta se recuperó de su estado de semi-locura.
Así ocurre con el satori . Al apaciguarse el delirio de la alegría, y desaparecer con él todas las ideas de realización, se asienta uno en la vida verdaderamente natural, y ya no hay nada de extraño en todo ello. Pero mientras no se llegue a este punto, es imposible vivir en armonía con el medio ambiente y proseguir el curso de la verdadera práctica espiritual.
Voy a detallar ahora más específicamente la importancia y el significado de la primera parte del relato. Como la mayoría de la gente es indiferente a la iluminación, ignorar la posibilidad de tal experiencia. Están como Enyadatta, cuando no tenía conciencia de su cabeza. Desde luego, esta “cabeza” es el equivalente a la naturaleza búdica, a nuestra perfección innata. A la mayoría de la gente ni se le ocurre siguiente que poseamos una naturaleza búdica o de buda, hasta que escuchan estas palabras: Shujo honrai hotoke nari, o sea, “Todos los seres están dotados de la naturaleza de buda desde el principio”. De pronto exclaman: -¡Entonces, yo también debo tener naturaleza búdica! Pero, ¿dónde está?- Y así, lo mismo que Enyadatta cuando notó por primera vez la falta de su cabeza y empezó a correr en su busca, estas personas comienzan a buscar su verdadera naturaleza.
Comienzan por escuchar los distintos tiesho, que les parecen contradictorios y desorientadores. Oyen decir que su naturaleza esencial no es distinta de la del Buda – más aún que la esencia del universo es coextensiva en su propia naturaleza búdica-; pero, como tienen la mente oscurecida por el engaño, se ven a sí mismos frente a un mundo de entidades individuales. Una vez arraigada en ellos firmemente la realidad de la naturaleza de buda, se sienten impulsados a descubrirla con toda la fuerza de su ser. De la misma manera que a Enyadatta nunca le faltó la cabeza, tampoco nosotros estamos jamás separados de nuestra naturaleza esencial de buda, estemos iluminados o no. Pero no caemos en la cuenta de esto. Nos pasa lo que a Enyadatta, cuando sus amigas le decían: -No digas cosas absurdas, siempre has conservado la cabeza. Es una ilusión pensar de otra manera.
El descubrimiento de nuestra naturaleza verdadera puede compararse con el descubrimiento que hizo Enyadatta de su cabeza. Pero ¿qué hemos descubierto? Pues, única y exclusivamente que nunca hemos estado sin ella. Y sin embargo, nos quedamos en éxtasis, como le ocurrió a ella al encontrar su cabeza. Al desvanecerse el éxtasis, caemos en la cuenta de que no hemos adquirido nada extraordinario y mucho menos nada raro. Sólo que ahora todo es completamente natural.
(Carlos Justiniano, Sta. Cruz, Bolivia)