KOSMOS – ESPÍRITU Y DESARROLLO: DOS HISTORIAS

Patricia M. Mische


Patricia M. Mische es oriunda de Estados Unidas. Es graduada En Desarrollo Educacional Internacional. Co-fundadora y Presidente Emérita de Global Education Associatesl, de Profesor Lloyd de Estudios de Paz y de la Academia Antioch de Derecho Mundial, y también enseña en el Programa de Educación de Paz en la Universidad Columbia , Academia de Profesores. Ha escrito muchos artículos y libros, siendo el más reciente “Hacia una Civilización Global: la Contribución de la Religión ”. Ha estado involucrada por muchos años en programas de desarrollo en África.

Durante cinco décadas de desarrollo de Naciones Unidas, la visión, definición y metas para el desarrollo han evolucionado desde un enfoque estrecho en los años de 1950, 60 y 70 en indicadores de agregados económicos tales como GNP, equilibrio de mercado y pagos, y valores de divisas. En los ochentas y noventas y en el 2 mil, asumen un enfoque centrado más humano para aliviar la pobreza y cumplir con las necesidades básicas tales como la educación, la salud, alimento, techo y sostenibilidad medioambiental. A pesar que existen algunas historias exitosas, estas metas están lejos de ser logradas; en algunos países la pobreza está creciendo, no disminuyendo, y las esperanzas para las futuras generaciones no son halagadoras. Las explicaciones que se dan por este déficit han incluido: corrupción gubernamental, deficientes modelos Occidentales de desarrollo, impactos negativos de globalización y el fracaso para incluir a los pueblos pobres y marginados, especialmente mujeres, en el planeamiento de desarrollo. Mi propia experiencia sugiere que, mientras todas estas explicaciones tienen su mérito, existe también otro factor: el fracaso para considerar la relación vital entre desarrollo y espíritu.

He visto cientos de casos en los cuales el espíritu ha contribuido para aliviar la pobreza y el desarrollo. La asistencia multilateral y vertical raramente llegaba a la gente involucrada en estos casos, ni los planes del gobierno incluían maneras para que la gente se convierta en agentes de su propio desarrollo. Por el contrario, aquellos hundidos en la pobreza, generalmente mujeres y niños, generalmente carecían de capacidad de leer, capacidad para la matemática y otras habilidades necesarias para completar formularios, preparar propuestas de financiamiento o pedir asistencia de desarrollo. Aquellos que tenían la esperanza de asistencia externa, generalmente enfrentaban una larga e infructífera espera que se desvanecía en desesperación. Algunos quedaban adheridos en esa desesperación; abandonaban la esperanza de ser asistidos por otros, y carecían de fe de poder ayudarse a sí mismos. Para tomar medidas, primero necesitaban encontrar y desarrollar una fuerza y recursos internos. Para muchos, esto a su vez requería fe en una fuente superior.

Aquí sólo hay espacio para dos de estas historias. La primera muestra la falta de espíritu, y la sed de espíritu de la gente; la segunda, la presencia del espíritu y las posibilidades que fluyen de ella. Dependiendo de la cultura o tendencia, la palabra “iglesia” aquí podría ser “templo”, “sinagoga”, “mezquita”, “centro de meditación”. Pero “espíritu” no es equivalente a una religión; se refiere, más bien, a la esencia interna, la fuerza de vida o alma de una persona o de un pueblo.

Historia Uno: Parque de la Libertad : Sed de Espíritu

El lugar es “Parque de la Libertad ” en la región noroeste de Sudáfrica. Es 1997. El sistema del apartheid ha sido políticamente abolido, pero sus cicatrices psicológicas, sociales y espirituales persisten. Las palabras “libertad” y “parque” fueron una vez una aspiración, pero desmienten la actual realidad. Las 20,000 personas (mayormente mujeres y niños) que viven en este yermo campamento cubierto de basura no destila libertad. Al contrario, sus caras sombrías y lenguaje corporal transmiten sin palabras la advertencia en la entrada a ese Infierno de Dante, “Abandonen toda esperanza aquellos que ingresan aquí”.

El campamento yace en forma incómoda, fuera de las cercas de una empresa minera, construida por hombres que vinieron desde distintos países africanos, esperando ganar lo suficiente y luego retornar a sus hogares para comenzar una mejor vida. La compañía no les permitió traer a sus familias. Para paliar la soledad, algunos tomaron “esposas” nuevas y engendraron nuevos niños, manteniéndolos en este precario campamento.

Después de varios años, estas mujeres y niños fueron abandonados en casas improvisadas, sin alcantarillado, ni agua, ni electricidad, ni escuelas, y sin derechos legales. Muchas de las mujeres llegaron como refugiadas, escapando de guerras civiles o de la pobreza de otras regiones africanas; no tenían los medios para retornar a sus hogares y además no serían socialmente aceptadas si lo hicieran. Con el final del apartheid, el nuevo gobierno sudafricano devolvió la tierra donde vivía precariamente esta gente a la tribu local, cuyo jefe no aceptaba que “extranjeros” (aunque muchos nacieron en el campamento) tuvieran derechos sobre la tierra, educación, salud, u otros derechos de ciudadanía tribal o nacional. Estas eran mujeres y niños sin país ni lugar al cual pertenecieran.

Existen ocho grupos de lenguajes en el campamento, y la mayoría son hostiles los unos con los otros. Hasta en sus propios grupos étnicos, las mujeres parecían aisladas y separadas. No cantan ni hacen celebraciones juntas; no trabajan juntas ni se ayudan. La mayoría tiene muy poca o ninguna educación, y ninguna habilidad de trabajo. Lo peor, la mayoría no tiene fe en sí mismo o en los demás, y ninguna esperanza de un futuro diferente. Las aprisiona el letargo y la desesperación; no buscan ni actúan para lograr su propia liberación.

Me encuentro con las mujeres en pequeños grupos: “¿Qué les gustaría que suceda aquí que haría que su vida sea mejor para ustedes y sus hijos?” Responden preguntando: “¿Qué puede usted hacer por nosotros?” Está claro que las mujeres esperan que otro, no ellas, mejore sus vidas. Pero ellas han abandonado toda esperanza que los líderes del gobierno local hagan algo. Tampoco lo harán los nuevos hombres que han reemplazado a los que se marcharon. Ha habido demasiadas falsas promesas para albergar ilusiones de un mejor día que lleguen de fuentes externas. Pero no tienen fe en sus propias habilidades para hacer cualquier cosa que haga la diferencia. Sus apagados y desesperados ojos lo dicen todo.

Yo insisto, “¿Qué les gustaría hacer para mejorar sus vidas?” ¿Un colegio? ¿Un entrenamiento para ganarse el sustento? ¿Micro-empresas? ¿Jardines comunitarios? Las mujeres están con la mirada perdida. Nada les interesa. Luego, una se anima hacer una propuesta: “Queremos una iglesia.” Me sorprendo hacia lo que considero una incongruencia. Tienen tantas necesidades materiales; ¿qué solución práctica puede ofrecer una iglesia? ¿No podría llegar después, cuando se hayan solucionado las necesidades básicas? Pero grupo tras grupo, repiten el estribillo, “Queremos una iglesia.” Nadie especifica de qué secta o religión; no parece importarles. Finalmente comprendo. Las mujeres tienen razón. Una iglesia podría no ser el postre que sigue al desarrollo básico; podría ser el punto de partida. Y así intercambiamos opiniones de qué quieren decir por iglesia. Resulta que una iglesia es más que un lugar para ir a rezar; también es un lugar para ir a cantar, a celebrar, para animarse y elevar el espíritu. Es el espacio donde la gente puede dejar la hostilidad y aislamiento y puede construir una comunidad; es donde las mujeres abandonadas y los niños pueden encontrar su identidad y pertenencia; donde pueden comenzar su viaje de liberación. En Parque de la Libertad , las mujeres primero tienen sed de espíritu. El desarrollo seguirá. Así es como estas mujeres, con su sabiduría, lo ven.

Historia Dos: Espíritu en un Tugurio en Nairobi

No debería haberme sorprendido. Justo dos semanas antes había visto el rol del espíritu en un tugurio de Nairobi, donde unas 200,000 personas vivían en chozas que colindaban de pared a pared. Familias enteras estaban hacinadas en espacios de 3 mts. por 3 mts, convertidos en dormitorios en las noches y en industrias de chozas en el día. Las mujeres, hombres y niños emigraron aquí para encontrar una mejor vida; están construyendo su futuro en tierra ilegal, donde no llega agua, alcantarillado u otros servicios urbanos. Este tugurio parece y huele como el infierno. Los deshechos se tiran en una zanja angosta al final del tugurio. Cuando llueve, el agua cae a la zanja y arrastra la basura a otro lado, donde se convierte en el problema de otros; durante la época seca el hedor es inaguantable. Afortunadamente ha llovido anoche. Pero la lluvia ha convertido los senderos de tierra en un lodazal que succiona los pies hasta los tobillos.

Es temprano en la mañana, pero nadie está durmiendo; nadie haraganea ante su puerta esperando ayuda. A cada lado de los angostos senderos, las paredes de las chozas se han abierto hacia el ingenio y la industria. Aquí los hombres están serruchando y clavando viejas tablas, volviéndolas camas y sillas; allí están reparando llantas rescatadas de basureros y partes de autos. Aquí las mujeres están cosiendo y vendiendo brillantes vestidos rojos y amarillos; están friendo tortillas de carne y rosquillas en cocinas precarias para vender a los hambrientos transeúntes. Aquí los muchachos, convertidos en vendedores ambulantes, están vendiendo dulces y revistas; más allá las muchachas están vendiendo plátanos y pau paus por unos cuantos chelines más de lo que vendieron poco antes. Todos, con dignidad, están dedicados a su propio desarrollo. La pobreza los rodea, pero no hay cadenas o reclamos en sus almas. Aquí hay libertad y riqueza de espíritu que trasciende y transforma. Al acercarnos al centro del marginal barrio, nos encontramos con distantes sonidos que van en aumento hasta convertirse en la música más exquisita que jamás haya oído. Mi nariz me dice que estoy en el infierno, pero mis oídos me dicen que me estoy acercando al cielo. Dando vuelta la esquina, veo todo un coro practicando para el servicio de mañana al frente de una inmensa choza de hojalata que sirve como “iglesia” a la comunidad. Las paredes están abiertas y adentro hombres y mujeres están refregando los pisos y decorando el altar.

Jamás ha llegado a la gente de este tugurio ningún gobierno ni programas multilaterales de ayuda. No están aguantándose la respiración esperándolos. El desarrollo que ocurre aquí es a través del poder de la gente. ¿Qué les da poder? ¿De dónde obtienen su motivación y energía para ir hacia delante, pese a tanto impedimento? Aquí hay más que un impulso para sobrevivir. Las familias y la vida de la comunidad la están extrayendo de fuertes recursos internos. Reflexionando y pensando sobre esto en los siguientes días y años, se me hace claro que existe un vínculo integral entre el espíritu nutrido en la iglesia de hojalata y el coro en el corazón de la comunidad, y del desarrollo dignificado que están emprendiendo 200,000 personas a su alrededor.

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