Revista Kosmos
http://www.kosmosjournal.org/kjo/backissue/s2005/global-citizen.shtml
Saludos a Mark Gerzon
Kosmos saluda a Mark Gerzon por vivir su vida como un ciudadano global y por sus increíbles habilidades para posibilitar un cambio global a gran escala. Su trabajo pionero desarrollando líderes globales será un modelo para futuras generaciones.
¿Cómo puedo, o puedes – o, sencillamente, puede cualquiera – desarrollar una identidad global? ¿Por qué estoy tan empeñado en promover “una ciudadanía global” y “liderazgo global”? Y ¿por qué me importa tanto el significado de “global”?
Compartir con ustedes la historia de cómo me decidí por el camino marcado “global” no es sólo una tarea para mi mente. Si fuera un cuento cerebral (“Oh, recibí un título en economía internacional…”) o una movida en mi carrera (“Se me ofreció un trabajo en el Ministerio del Exterior…”), quizás no hubiera sido tan renuente. Pero para mi es un asunto intensamente personal que involucra mi corazón más que mi cabeza. Mientras crecía en el corazón de Norteamérica, parecía un tipo común, loco por el basketball, persiguiendo chicas y con una identidad formada por Washington, Wall Street y Hollywood. Sin embargo, como tú, quizás ya habían semillas plantadas muy dentro mío que nunca me permitirían ser moldeado por una sola cultura.
Antes que nada, yo era un inmigrante. Si mi padre, un refugiado holandés durante la Segunda Guerra Mundial, hubiera sido aceptado en una universidad en Capetown o Buenos Aires o Sydney, yo podría haber sido sudafricano, Argentino o Australiano. Fue aceptado en la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York, donde nací. Mi ciudadanía fue determinada por un déspota Nazi y un oficial de admisiones de la universidad.
Contrario a mis amigos, cuyas familias contaban historias sobre lugares como Nashville, Columbus y Lexington, las conversaciones de mis padres se referían a lugares con nombres como Rotterdam (donde vivían mis parientes cristianos) y Auschwitz (donde algunos de mis parientes judíos fueron asesinados) y Jogiakarta (donde mi madre, la hija de misionarios holandeses, había crecido). Diferente a los abuelos de mis amigos, quienes muchos de ellos fueron enterrados en un cementerio cercano, los míos fueron enterrados al otro lado del océano, en algún lugar en Holanda, o se perdieron en las cenizas de un incinerador nazi.
Más adelante, en mi infancia, cuando conocí a otros hijos de recién llegados a este continente, me di cuenta del relato llamado “inmigración”. Pero, por muchos años, seguía buscando el paracaídas que me había lanzado, sin daño pero sin ataduras, al mediooeste norteamericano.
Hasta en mis más tempranos años, estaba consciente que “todo” lo que era Norteamérica sólo era una “parte”. A la edad de siete u ocho, recuerdo el afán con el que aprendí a armar los cincuenta pedazos de los estados del rompecabezas de la unión. Me sentía tan entusiasta de ver cómo todos estos pedazos formaban un país, como también me entusiasmaba aprender cómo todas las naciones se adecuaban para formar el mundo.
Quienquiera que haya reflexionado sobre su genealogía, o “árbol familiar”, sabe que él o ella es sólo una varita en una rama. Para muchos de nosotros, esta conciencia más amplia se nubla con las particularidades de nuestro tiempo y espacio. Al crecer, “nos adecuamos” más y más hasta que, finalmente, aceptamos la identidad que se nos ha dado. Pensamos en nosotros mismos en relación con nuestro vecindario, o nuestra nación, y olvidamos que somos parte del todo.
Cuando miro atrás, comprendo que mi mayor herida, al crecer en Norteamérica, fue nunca sentirme un norteamericano, y a la vez, fue mi mayor regalo. Mi regalo fue que, ya que nunca me sentí un norteamericano, comencé a identificarme desde muy temprano con algo mayor. Como Tom Paine, el autor revolucionario norteamericano que escribió Common Sense (Sentido Común), sentía que, “Mi patria es el mundo. Mis conciudadanos son la humanidad.”
Cuando fui aceptado en la Universidad de Harvard, fui a Cambridge, dispuesto para aprender sobre el mundo. Pero después de un par de años, me sentí desasosegado. Pasé mi primer año viviendo con familias y estudiando en universidades de siete países: Japón, India, Turquía, Israel, Yugoslavia, Suecia y Francia. Cuando regresé a Cambridge para mi último año, ya no me deslumbraba su reputación como una renombrada ciudadela de educación superior. Había encontrado otra universidad donde quería asistir; el recinto era la tierra, y la facultad la humanidad misma. No importa cuánto viajé desde entonces – viviendo en Indonesia, viajando a través de la Unión Soviética y China, luego a Nepal y Sri Lanka, y más tarde por Latinoamérica, el sudeste de Asia y luego África – siempre me impactaba lo poco que sabía. No importa cuanto me esmeraba, no podía aprender más de tres o cuatro idiomas, y nunca comprender más que unas cuantas culturas. Al final de mis veintes, ya casado y padre de dos hijos, se me ofreció un sueño de trabajo, investigar la posibilidad de hacer un periódico global y eventualmente convertirme en el director editor de WorldPaper 's (Periódico del Mundo). Me encantó el desafío de producir una publicación mensual en cinco idiomas, con una circulación de más de un millón. Reflejaba la sabiduría de nuestros Editores Asociados en todo el mundo (incluyendo a gigantes tales como Mochtar Lubis de Indonesia y Hilary N'gweno de Kenya) en lugar de la parcialidad editorial de Nueva York, Moscú o Tokio. La oportunidad inflamó mi sueño idealista de poder ganarme la vida y vivir como un ciudadano del mundo.
Nunca dejé este sueño. Ya sea juntando a cineastas soviéticos y norteamericanos para terminar la Guerra Fría en la gran pantalla, o el Foro Mundial de Economía y el Foro Mundial Social juntos, para dialogar sobre sus diferencias y sus metas comunes, siempre he tratado de ver al mundo como uno. Durante varios años estuve estudiando a líderes que han sido efectivos cruzando fronteras nacionales, ideológicas, culturales y étnicas. Estas personas notables, a quienes llamo “líderes más allá de las fronteras,” son los precursores de la justa, sustentable civilización global que se asoma en el horizonte.
Para ayudar a hacer esta visión una realidad, formé una red global de almas semejantes. Nuestra red de veinte personas está ahora trabajando junta en un libro, talleres y otros proyectos dedicados a desarrollar la capacidad de “liderazgo global” y “ciudadanía global”. Nuestro sueño compartido es catalizar escuelas globales, empresas globales, instituciones globales de gobierno que honren el espíritu de millones de seres humanos que saben que, no importa dónde vivan, su patria es el mundo.
Como se evidencian las guerras que se están llevando a cabo en mi nombre, aprendí que no es fácil honrar mi alianza hacia el planeta cuando la ciudadanía es aún determinada por estados naciones. Los seres humanos han dividido el todo en partes, y ahora las partes están compitiendo por el control. Aunque yo quiero ser un ciudadano del todo, las partes, por el momento, lo han hecho imposible. No importa cuánto pueda yo querer llevar un pasaporte global, el mío aún está sellado en Washington D.C. No importa cuánto quiera recibir mis noticias cada mañana de un periódico global, aún debo escoger entre fuentes noticieras dominadas por naciones solas o culturas. No importa cuánto quiera que mis hijos reciban una educación global, aún siguen agarrados a un sistema moldeado por el gobierno de una nación. En otras palabras, aunque yo quiera ser un ciudadano global en mi corazón, legalmente soy un norteamericano.
A pesar que amo mi país profundamente, soy como un joven que finalmente deja su hogar y se enamora de una mujer. Mi amor por mi madre patria ha sido trascendido por otro amor mayor y más maduro. Si, siento devoción por mi patria cuando sirve al mundo mayor, pero seré crítico de mi país cuando no lo hace. Mi lealtad es hacia el bienestar de la humanidad y no solo de mis vecinos. Mi pasión es hacia lo universal y no sólo hacia valores nacionales. Mi fe es una multicultura diversa y global. Si arriesgo mi vida en batalla, será sirviendo en una fuerza pacificadora global, no en el ejército de Estados Unidos. Y si vuelvo nuevamente a colocar mi mano sobre mi corazón para decir el compromiso de lealtad, éste será hacia la emergente familia de naciones que abarca este frágil mundo.
Ahora he pasado el punto medio de mi vida. Estoy preparado para vivir y morir suspendido entre mis orígenes nacionales y mi identidad global. Pero me niego a sentirme solo, o a permanecer en silencio, o pretender ser lo que no soy. Nosotros, los ciudadanos globales no somos dueños de un solo terreno de tierra global. Nosotros, los ciudadanos globales verdaderamente no tenemos un banco global o un periódico genuinamente global, ni siquiera una universidad global. Nosotros, los ciudadanos globales, no podemos emitir un solo voto global. Somos y permaneceremos como refugiados en este planeta, a no ser y hasta que nos unamos y digamos al unísono: “No seremos más divididos.” ¿Es éste un llamado de revolución? No. ¿Si tengo un plan maestro? Difícilmente. Todo lo que tengo es un dolorido grito en mi corazón por un mundo sin fronteras. Todo lo que quiero es un lugar donde la gente como nosotros – los guiones, los cruzadores de fronteras, los “muchachos de la tercera cultura,” aquellos que rechazan vivir dentro de las cajas de sus países – puedan pararse en este planeta, y no en este país o el otro. Si tú también tienes este grito en tu corazón, entonces deja que el mundo lo oiga. Si nuestras voces forman un coro global, puede cambiar al mundo.
Mark Gerzon es Presidente de la Fundación de Mediadores y el fundador de la Red de Liderazgo Global. Trabaja actualmente con UNDP desarrollando una comunidad de aprendizaje de diálogo, ha sido facilitador de dos Retiros Congresionales Bipartisanos y ha diseñado varios diálogos más entre Republicanos y Demócratas en la Casa de Estados Unidos y también en el Senado como en el Foro de Conferencias del Estado del Mundo. También ha organizado uno de los primeros diálogos entre el Foro Económico Mundial (Davos) y el Foro Social Mundial (Porto Alegre). Entre sus varios libros publicados es el próximo que viene Leading Beyond Borders: Tools for Transforming Conflict into Sinergy (Liderando Más Allá de las Fronteras: Herramientas para Transformar Conflicto en Sinergia).
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