Dudo que exista una mejor vista que la que tengo desde mis ventanas. Todo el día contemplo con deleite un par de olmos maduros en el jardín de mis vecinos Pat y Camilla. Pocas personas, hoy en día, tienen la fortuna de saber cuan majestuosos se ven los olmos Norteamericanos, con troncos delgados, que se yerguen hacia arriba en una maraña de ramas elegantemente curveadas y un espeso follaje verde.
Abracé el árbol y sentí su energía. |
Cada vez que me siento exhausto por alguna fecha tope, o molesto por las noticias del día, o simplemente cansado y de mal humor, miro hacia fuera a estos árboles y siento un renovado surgimiento de posibilidades energéticas. Inclusive en el invierno, cuando todas las hojas han caído, la gracia escultural de estos olmos me hace feliz. El romántico poeta inglés Shelly una vez llamó a los poetas, “los ignorados legisladores del mundo.” Creo que los árboles son los ignorados terapistas.
Ha habido unos meses muy tristes aquí, donde vivo, debido a la enfermedad Holandesa de los olmos. La enfermedad que injustamente da notoriedad a Holanda debido a un hongo mortal que es trasmitida por escarabajos de troncos en toda Europa, y que ha matado a la mitad de nuestros olmos desde 1976, siendo este año particularmente letal en nuestras calles. Pero hemos tenido suerte – en otros lugares han perdido a todos sus olmos.
El día temido finalmente llegó. Los oficiales de la ciudad pintaron una brillante raya naranja sobre uno de los olmos que se veían desde mi ventana – condenándolo a que sea retirado una vez cortado. Un árbol enfermo puede esparcir rápidamente el hongo a los olmos cercanos.
Mi hijo Soren y yo estábamos paseando por la vereda en la mañana en que llegó la cuadrilla para cortar el árbol. Mi impulso paternal fue cubrir sus ojos, pero sabía que no se podría ocultar ese trágico tronco cortado que veríamos más tarde. Soren tuvo una mejor idea: “Abracemos al árbol para despedirnos”. Y eso es precisamente lo que hicimos. A pesar que ser un “abrazador de árboles” podría ser una característica acertada de mis creencias políticas, la verdad es que no podía recordar haber abrazado antes a un árbol. Sentí algo de energía que corría por su corteza cuando ajusté el tronco con mis brazos.
Unas horas después, volví de hacer algunas diligencias, me senté en mi escritorio, y me di cuenta que el árbol permanecía parado. Bajé rápidamente las gradas, atravesé el patio y salí a la vereda para ver si era cierto. ¡Si! Nuestro árbol seguía vivo. Nuestro vecino Pat explicó que el último otoño había mandado hacer un tratamiento preventivo de Olmos Holandeses y cuando llegó la cuadrilla para cortar el árbol, les pidió que examinen el árbol una vez más, para asegurarse si era absolutamente necesario retirarlo. Decidieron que aún estaba lo suficientemente saludable como para que se quede por lo menos un año o más.
Le agradecí por salvar el árbol, y él respondió riendo, “No, fue Soren el que lo salvó – con su abrazo”.
Así que ahora, mientras miro con felicidad a ese olmo, siento un nuevo sentido de optimismo de lo que es posible. No importa cuán acosado me siente algunas veces, o cuán malas aparenten estar las cosas en el país o en el mundo, todavía siento esperanza. Los milagros – me recuerdo mirando por la ventana – suelen suceder.